enero 19, 2009

Eso viene de Caracas

Los nombres de lugar constituyen una de las fuerzas generatrices más poderosas en los procesos de creación léxica. En independencia del origen lingüístico de la voz, sea éste genuino o impuesto, acorde o disonante con la realidad física del lugar al que nomina, situación de la más grande arbitrariedad o naturalidad de la lengua, las palabras que se inventan o invocan para dar nombre a un espacio o para señalar por medio de él otros asuntos relacionados, se hace rasgo de cultura, caldo de antropologías y pasta de nación, irrevocable y permanente.

El nombre de nuestra ciudad ­se sabe bien­ es indígena por el Caracas y español por el Santiago. Tan accidental se entendió el segundo de estos nombres, que sólo es pormenor de historiadores, pues el resto de los nexos se hizo y hace con el nombre de indios, habitadores de valle y montaña, sitio en donde creció y crece una plantita (bledo, la signan los botánicos; y el refrán "no importar un bledo"), por la que esta ciudad se llama Caracas y por la que gracias a este nombre serán muchas las frases y expresiones que usarán la palabra más ciudadana de todas las que tenemos, en este valle de indios caracas, tierra de voces caracas, urbe de caraqueños, raza emblema de un burgo que se cree un país entero ("Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra"), en rapto engreído e inexacto.

Se está en Caracas aunque se esté mal ("estoy jodido, pero en Caracas"). La palabra es eufemismo y juego verbal ("adiós, Caracas" por "adiós, caraj[o]"). Habla de otros lugares a partir de un mismo lugar que es permanente alusión al paraíso que fue ("la Silla de Caracas").

Llegó a creerse un cielo terrestre ("Caracas, la sucursal del cielo") o el ámbito planetario más benigno ("Caracas, la de la eterna primavera"). La poesía modernista la vio con ojos orientales ("Caracas, la sultana del Ávila"; Pérez Bonalde le dio eternidad junto al Ávila, el sultán enamorado de su postrada odalisca). Tiempos realistas fueron capaces de invocar la metáfora, cuando la referencia ya había pasado ("Caracas, la ciudad de los techos rojos"). La historia eventual llenó el nombre con malas energías y la voz halagadora resonó para debatir con los mayores insultos ("de Caracas, no quiero ni el polvo, ahí se los dejo": krakatoa verbal en boca de fray Mauro de Tovar, el pleitoso benedictino colonial a quien la ciudad espantó).

El poder de la palabra la convirtió en sandalia que hoy nadie usa ("caraqueña") y funesta marca de la historia reciente ("el Caracazo" con formalización de "trancazo"). En clave de gentilicio despectivo, sus habitantes fueron devaluados (análogo al "maracucho" nació el "caracucho", que el habla no quiso).

El sentido mágico de la palabra izó velas para surcar aguas y andar tierras.

Fructifica en señal de perpetuación. El linneo Colmeiro, en 1859, consigna el "angelón de Caracas" como planta americana.

Fatal emblema, "eso viene de Caracas" llega desde El Salvador y su lengua como una advertencia de tormenta ante lo aciago y malquerido (un "diablón de Caracas").

Destino, el sintagma seguirá propagando su expresión de espiritualidad y forma, de nobleza y amor, rasgos que la palabra ha tomado de la ciudad, el lugar de donde nos vino todo lo mejor.-


FRANCISCO JAVIER PÉREZ
EL NACIONAL - Lunes 19 de Enero de 2009 Escenas/2

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