enero 08, 2011

Un hombre que fue ciudad




"Los hombres (...) también son ciudades. Ciudades sin muros, ni torres, ni palacios, ni avenidas. Ciudades hechas de pasos, de gestos, de voces que a un tiempo dicen: trabajo, perdón, lejos, adiós".
Oswaldo Trejo También los hombres son ciudades


1 
Urgidos de "tips", reducimos aquello cuya multiplicidad nos excede a etiquetas simplistas. A William Niño le colgamos una, repetida mil veces, en vida y tras su tan temprana partida: "experto en ciudad". Nunca me gustó. Pero sólo ahora entiendo que no por incorrecta, sino por demasiado estrecha para quien, multifacético, heterogéneo e inmoderado, no vivió la ciudad a la distancia sino escrutándola, incluso temerariamente, con ímpetu, indiscreción y apetito de amante.

No había prudencia ni desapego en las opiniones de William, muchas veces fuertes, como retando a quienes, por ignorancia o temor, niegan lo evidente o se esconden tras una falsa asepsia académica. Solo e insomne, solía tomar su carro, tarde en la noche, y recorrer la ciudad sin medir riesgos, para rastrear sus miserias y develar sus misterios; lo imagino luego, igualmente solo, asomado a su balcón, buscando en el amanecer la calma siempre negada a las almas inquietas.

Pasear la ciudad con William era como compartir intimidades desconocidas, aunque también propias.

Conversar con él era pasar sin transición de lo sublime a lo profano, de la crítica al desespero, de la ironía a su sagacidad hasta, a veces, asistir al surgimiento de una idea nacida de su elocuencia como otra ocurrencia desconcertante.

No, no hay "expertos en pasión". Y William fue, ante todo, un apasionado.

2 
Hoy quisiera para hablar una terraza / donde Caracas nos tratase con afecto / y alcanzásemos un sitio / (dos mecedoras tal vez) / donde el viento se manejase leve / y lo viésemos todo / con la pretensión amable de los mapas Rafael Arráiz Lucca Balizaje

Supe de William Niño por sus esporádicos artículos de prensa de los ochenta.

Lo conocí cuando, desde el Colegio de Arquitectos, rescató la Bienal de Arquitectura y comencé a compartir con él cuando, en 1989, me sumó a la Fundación Museo de Arquitectura con motivo de la muestra "La casa como tema".

No puedo evaluar la evolución discursiva y conceptual desde los enrevesados textos tempranos a otros cada vez más precisos, pero nunca simplistas; ojalá alguien lo haga y le ayude así a su reciente promesa de compilarlos y publicar un libro, con otros hasta entonces sólo ideados; y ya, para siempre, perdidos.

Sé, sí, que cada publicación y exhibición conducida por William supo hábilmente compendiar y organizar datos y ofrecerlos sin distingo, con tanta, casi desconcertante, amplitud que alientan miradas contrarias. Casi como un arqueólogo, William recopiló testimonios diversos, (Los signos habitables, 1985), profusos (Tomás José Sanabria arquitecto, 1995), iniciáticos (Wallis, Domínguez, Guinand. arquitectos pioneros de una época, 1998), y referenciales (Carlos Raúl Villanueva. Un moderno en Sudamérica, 2000), en museografías pulcras y libros cabales a los que, sin mezquindades que luego debió sufrir, incorporó múltiples voces mientras dirigía todo con exigente amabilidad.

Entre éstos, otros que no caben en esta nota y varios que sé que olvido, destaco el ya paradigmático El espíritu moderno. 1950 (1998), por su revelador escrutinio interrelacionado de ciudad, arquitectura, política, cotidianidad y hasta banalidad; y, particularmente, el casi incunable Santiago de León de Caracas. 1567-2030 (2004), el más completo compendio de nuestra historia urbana, que ensambla más de 25 voces y casi 40 proyectos y registra el pasado con tanta efusión y coraje como sueña el futuro, más allá del pertinaz embate de una realidad renuente y refractaria.

3 
"La ciudad durante los últimos 15 años ha generado una territorialidad dañina, agresiva con el entendimiento territorial y (...) para la intervención de arte no hay centro ni periferia".

Ruth Auerbach El desafío de un arte urbano

Su pulsión compiladora le permitió ver en un paseo casual una fuente documental para, con las sagaces fotografías de Nicola Rocco, estructurar uno de sus legados decisivos: la serie Cenital; primero Caracas, luego Valencia y Maracaibo y otras ciudades que seguirían.

Con afán casi lujurioso, las fotos de Nicola, ojos de William (o al revés...) acortan la distancia impuesta por el vuelo para penetrándola, indagar cada rincón de la ciudad con sensual avidez. Como viajando por la piel del ser amado, cada una revela matices del tejido de geografías humanas, urbanas y naturales que nos preguntan y reclaman, como una aguja que atraviesa las páginas y los capítulos que las ordenan.

Quedé pendiente de escribir una nota sobre el último regalo que me hizo, un ejemplar de Fotografía urbana venezolana. 1850-2009, otro libro que irá creciendo y haciéndose indispensable cuando las circunstancias permitan conocerlo. Pensaba destacar cómo, haciendo coexistir y enriquecerse mutuamente el afán de coleccionista de Herman Sifontes, el afortunado azar de hallar una pieza en venta, la impronta curatorial de William y Vasco Szinetar y la infaltable presencia de Esmeralda Niño, este libro construye una experiencia tan urbana (de lo familiar a lo metropolitano; del drama a lo abstracto; de la sonrisa al estupor) como cada foto y, como ellas, la colección y el libro, polifónica y multisensorial: armoniosamente caótica como una disertación de William y con similar genio para rescatar una atmósfera fluida que, como El Ávila, preserve la totalidad sin sacrificar la riqueza de cada pliegue, y deje que un oportuno destello se cuele, rescate la sombra y la haga luz.

4
"La ciudad es también el efecto de un deseo y un espacio de proyección de fantasías tan poderosas como la realidad misma. (...) La conclusión es inminente: la ciudad imaginada precede a la real y la impulsa en su construcción".

Tulio Hernández y Luis Alberto Quevedo La ciudad desde la cultura

Quien haya participado en un evento organizado por William Niño, escrito para uno de sus libros, asistido a una de sus cenas o hablado con él alguna vez sin prisas, seguramente haya quedado ahíto de excesos, multiplicidades y diversidad.

Voraz coleccionista, su casa mezcla sin pudor objetos disímiles; intelectualmente ecléctico, su discurso deambulaba con fluido desparpajo; su agudo sarcasmo marcaba posición sorteando la polémica, aunque no pocas sostuvo, pública o privadamente; su frecuentemente excesiva voluntad de incorporar todos los puntos de vista hizo muchas veces esos eventos extenuantes; Sin temor a la profusión ni a la contradicción, William convocaba a lo que hacía y alrededor de él una compleja pero estimulante pluralidad: diversa, complementaria, entrecruzada y hasta contradictoria; cada uno de sus proyectos era, así, como un espejo de sí mismo: arrojado, inquisitivo, inquieto, lúdicamente lúcido e inagotablemente agotador.

Agradezco a William que su desmesura me haya permitido conocer buenos amigos y su amplitud disentir más de una vez con respetuosa vehemencia.

Pero, sobre todo, comprobar que también los hombres son ciudades: capaces, como ellas, de admitir lo simultáneo sin temor ni temeridad ante lo diverso; de explorar el caos para evitar que explote; de monumentalizar lo cotidiano y de hacer cotidiano lo excelso; de celebrar los excesos urbanos sin comprometer su urbanidad; de acometer retos no siempre plenamente entendidos y de rectificar si es necesario; y, quizá primordialmente, de congregar, de modos no siempre discernibles pero que dan al encuentro su espacio real.

Dicen que la ciudad nunca muere pues siempre supera lo que parece acosarla.

Esa ciudad que fue William permanecerá en quienes vimos alguno de sus destellos.

Ojalá nuestro corazón sepa fundar otras, sin que las pequeñeces lo estallen.

ealv21@gmail.com 



EL NACIONAL - Sábado 08 de Enero de 2011 Papel Literario/1

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